La República, 22 de septiembre de 1985
Ciencia: por un futuro diferente
Las potencias industriales invierten 2 por ciento de sus 5 billones de dólares de ingresos, en ciencia (sin considerar las investigaciones militares) e investigación y desarrollo. Los países no industrializados no gastan más de 0.2 por ciento de sus ingresos, elevados a un billón de dólares, es decir, no más de 2 mil millones de dólares. Porcentualmente, entonces, los países no industrializados gastan 10 veces menos que los primeros. Las actuales relaciones de dependencia del Tercer Mundo no serán resueltas sin una previa modificación de la baja prioridad que éste le otorga a la ciencia.
En la conferencia sobre Ciencia y Tecnología, auspiciada por la Naciones Unidas, llevada a cabo en Viena, en 1979, los países del Tercer Mundo solicitaron fondos internacionales de 2 mil millones de dólares (el costo de uno de los cien submarinos nucleares navegando en el Mundo) para aumentar sus gastos en ciencia. Sólo se les otorgó la séptima parte.
Es claro que el desarrollo de la ciencia en nuestros países dependerá de nuestro propio esfuerzo. Pero entonces surge la eterna pregunta: ¿Ciencia? ¿para qué? Como muestra de la clásica desconfianza en la utilidad de la ciencia, Abdus Salam, Premio Nóbel de Física 1979, cita las comparaciones entre la electricidad y la música, que se hacían en la época en que se descubría las leyes de la electricidad. “Se admite universalmente que la electricidad es un fenómeno sorprendente y entretenido, pero se lamenta que no ha tenido aún aplicaciones para fines útiles... mientras que es fácil notar los efectos humanos e importantes de la música... por ejemplo en los niños huérfanos que apacigua...” Hoy en día, cuando la electricidad se ha convertido en un elemento fundamental de la vida diaria, no se podría sostener semejantes comparaciones (aún reconociendo la tremenda importancia de la música).
Para que la ciencia tenga un rol significativo, se requiere de una masa crítica de científicos que cuenten con una infraestructura física adecuada. En el Tercer Mundo, Argentina, Brasil, China e India han logrado esa masa con tales condiciones. En nuestro continente, México y Venezuela tienen posibilidades de alcanzar la tan ansiada masa crítica. Chile, Colombia y Perú cuentan con científicos calificados pero aislados, lo que no les permite formar grupos de investigación que funcionen normalmente.
En esta situación el apoyo a la ciencia en nuestro
país y la colaboración regional se hacen urgentes. Es cierto
que los frutos no podrán, tal vez, entrar en el balance que presente
un Gobierno al final de su mandato. También es cierto que los científicos
no conforman una masa crítica electoral como para hablar de ellos en
los discursos políticos. Sus demandas son echadas al olvido (por ejemplo
en el IPEN). Sin embargo, si un Gobierno logra comprender la trascendencia
de la ciencia en la lucha por la tan voceada independencia, tal vez nos espere
un futuro mediato diferente.