16 Mayo, 2004
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La República, 09 de marzo de 1987

Universidad
La esperanza popular agredida

Aquellos que hemos venido a la Universidad desde empobrecidos pueblos serranos, pasando por los pueblos jóvenes y deseamos participar en la reconstrucción de nuestro país, no encontramos el recurso intelectual suficiente para describir la tristeza y decepción que sentimos al verla agredida. Los agresores, quienes usan todos lo medios con que disponen, evidentemente no comparten nuestras esperanzas.

¿Cómo encontrar las causas de los ataques que sufre la Universidad? Difícil tarea, y parece aún más difícil defenderla ante la fuerza. Sin embargo, la defensa de la Universidad es el deber de todos los que confían en la Democracia y de aquellos que estén convencidos que su rol es fundamental para salir del estado de dependencia en que nos encontramos.

Cuando llegamos a la Universidad Nacional, conformábamos una minoría privilegiada, con respecto a nuestros amigos de infancia, que faltos de los recursos más elementales para partir quedaron trabajando en el campo y las fábricas para que podamos estudiar.

Descubrimos el mundo de la investigación y del análisis crítico. En forma natural en nuestras mentes germinaron los deseos de cambiar la insostenible situación de los nuestros. Observamos que los gobiernos impuestos o elegidos todos prometieron, todos defraudaron, unos más otros menos.

Debatir y construir un nuevo Perú: hacer que la Universidad sea el espíritu del pueblo; desconfiar de toda feria de promesas es nuestro comportamiento. Nuestro compromiso con el país, que paga con su hambre la educación de sus hijos, nace sin esfuerzos. Hasta podríamos decir que siempre ha vivido en nosotros desde nuestras infancias sobrevivientes a las penurias.

Nuestros compañeros de estudios universitarios, menos cercanos a la pobreza, partieron a otros centros, menos contaminados con la perversión del pensamiento crítico, condición; sin embargo, de todo progreso. Los médicos de la Universidad Nacional fueron reducidos hasta convertirla en sombra de la que fue. La juventud que llega hoy a las universidades nacionales es cada vez más de origen campesino y obrero, confrontadas diariamente con la pobreza, que parece querer instalarse eternamente en nuestro país.

Los gobiernos decidieron desprestigiar la Universidad. Los escritores ilustres se dedicaron a desacreditarla ante el mundo, acusándola de ser guarida de bandas. Las fuerzas del orden llegaron a buscar en ella el origen del desorden. Nuestra residencia universitaria violada, nos convertimos en indeseables del poder. Se nos deseaba intimidar apenas brotaba en nuestros juveniles espíritus un deseo de expresión social. Recientemente, justo antes de una manifestación cultural, la Universidad Nacional de Ingeniería fue víctima de balas perdidas de fusil de un soldado distraído.

Según alguna teorías de moda, neutralizar a 100 sospechosos significaría neutralizar a uno verdadero. En este sentido, las prisiones de seguridad del poder quedan chicas para guardar los sospechosos, y los camiones de la policía no se dan abasto para transportar a tantos.

Estoy convencido que la Universidad abriga las esperanzas populares. La tecnología y la ciencia y el conocimiento son la únicas reales armas con que cuenta la Universidad. Por ello es difícil saber realmente a quiénes atacan voluntaria o involuntariamente. En toda lógica, no creo que sea a terroristas. Estos, convencidos que se les ha declarado la guerra a muerte, serían ingenuos si buscan refugio en la Universidad que ya ha sido varias veces atacada, claro que no en tiempo de democracia.