La República, 26 de marzo de 1988
El pesimismo de los ausentes
En toda ciudad grande del mundo industrializado, uno se encuentra siempre con gente que ha partido definitivamente de algún país del Tercer Mundo. Entre la gente que parte se encuentran profesionales y científicos de primera clase, que se van a fortalecer aún más la ciencia y la tecnología de los países avanzados: la famosa fuga de cerebros. Conversar con ellos es bastante instructivo, aunque a veces desesperante, en particular con los que parten de Latinoamérica.
La mayoría científicos latinoamericanos en el hemisferio norte son argentinos. Varios de ellos tienen las responsabilidades de sus instituciones o bien han adquirido un prestigio sólido. Conozco un caso en que se ha creado un instituto para ser dirigido por un científico argentino. También se encuentra gente de Brasil Colombia, Chile y Perú.
¿Piensan regresar a su país? Casi todos responden no. Me acuerdo que en cierta época la razón, principalmente mencionada, era la falta de democracia. Sin embargo, hoy, cuando varios países han reconquistado regímenes democráticos, la mayoría piensa que éstos no tienen las condiciones necesarias para desarrollar significativamente la ciencia y tecnología. Más aún no pocos creen que en cualquier momento los elementos no democráticos regresarán al poder, existiendo entonces un clima de inseguridad.
Es evidente que no hay punto de comparación entre las facilidades que se encuentran en nuestro país como aquellas de los países industrializados. La infraestructura física y humana, creada durante tantos años de competencia entre los países industrializados, es impresionante aún más, esta servirá para avanzar a mayor velocidad que aquellos países en retraso.
Sin embargo, una pregunta resuena constantemente en mi mente. Si todos decidieran en función de las facilidades, no debería quedar un solo científico o profesional en nuestro país, excepto aquellos que no puedan partir. Siendo así nos estaríamos convirtiendo en un país abandonado. Algunos científicos regresan a sus países dos veces por año, tratando de “ver” que se puede hacer. Parten al mes diciendo que no hay esperanzas. Los más directos son aquellos que afirman “pagan una miseria”.
A fin de cuenta creo que la mayoría de ellos han escogido partir y no volver, buscándose entonces una razón más o menos aceptable para mitigar cualquier sentimiento de incomodidad. Por que en realidad, todos sabemos que nuestros países a pesar de sus limitaciones, les han dado una instrucción a un costo bastante elevado.
Se podrá hacer un gran esfuerzo para recuperar algunos de nuestros cuadros, sin embargo, estos esfuerzos tendrán un resultado limitado, que no podrán competir con las posibilidades que existen en el hemisferio norte.
Pero para decir la verdad completa, en el propio país se escucha cada vez con mayor frecuencia la frase que llega a ser terrible: “A este país no lo salva nadie”. Ésta exclamación de pesimismo se ha ido forjando en el transcurso del tiempo y de la frustraciones. Pero no por ser repetida tantas veces.
Tal vez, lo mejor que podemos hacer es cuidar lo que tenemos, ofrecer publicidades de progreso a nuestros profesionales y científicos que siguen trabajando en nuestro país. Apoyar todo esfuerzo por trabajar en forma mancomunada, agrupando capacidades en torno a objetivos claros, de forma que cada uno sepa la dirección en la que se dirige la barca por la que se rema.