La República, 03 de junio de 1988
A propósito de el “nombre de la rosa”
El oscurantismo
Nunca antes había escuchado tanto, entre mis colegas, discusiones sobre una obra de cine, como ha ocurrido con el caso de “El nombre de la rosa”, basado en el libro del mismo nombre, de Umberto Eco. No se trata de las características cinematográficas del filme, sino de algo que llega muy hondo en el espíritu científico: el oscurantismo. Negar al nombre la posibilidad de descubrir o tratar de descubrir, por sí mismo, la naturaleza es, para el científico, como tratar de impedirle su existencia.
Cuando una institución –sea Iglesia u otra- se autoproclama poseedora de la verdad, se convierte en un freno para el perfeccionamiento humano, una de cuyas características es alcanzar un nivel elevado de conocimiento.
Pero veamos uno de los párrafos del libro de Umberto Eco, en el cual un monje de la abadía explica por qué ocultaba un libro sobre la risa, escrito por Aristóteles: “Porque era de Filósofo. Cada libro escrito por ese hombre ha destruido una parte del saber, que la cristiandad había acumulado a lo largo de los siglos. Los padres habían dicho lo que había que saber sobre el poder del Verbo y bastó con que Boecio comentase al Filósofo para que el misterio divino del Verbo se transformara en la parodia humana de las categorías y del sigolismo”. Por alguna razón muchas religiones habían reducido casi todo a misterio, cuya explicación sólo podía referirse al origen divino. Cuando alguien trataba de darle una explicación racional aparecía como hereje y enemigo mortal de los supuestos poseedores de la verdad, quienes ante la imposibilidad de responder con la razón acudían a las hoguera para convertir en cenizas a los pioneros de la ciencia, que hoy nos permite vivir algo de luz.
Existieron siempre hombres que se erguían para mostrar un descubrimiento a la humanidad, pero éstos se veían atacados en palabras y hechos por aquéllos que se negaban a recibir otra verdad que no viniera de los antiguos, quienes sólo podían mirar con ojos humanos dentro de las oscuridades más espesas que hoy. Sigamos con la explicación que se da sobre el ataque al libro sobre la risa: “El libro de Génesis dice lo que hay que saber sobre la composición del cosmos, y bastó con que se redescubriese los libros físicos del Filósofo para que el universo se reinterpretara en términos de materia sorda y viscosa, y para que el árabe Averroes estuviese a punto de convencer a todos de la eternidad del mundo”. La ira que causaba en los oscurantistas las palabras diferentes a las de su “verdad” es bastante ilustrativa del ambiente que reinaba en esos tiempos en los que se frenó el desarrollo.
Hoy en día, nadie se atrevería a contestar los descubrimientos de los científicos sin antes hacer un experimento. Pocos son los que acuden a razones divinas para interpretar las cosas de la materia y de sus manifestaciones diversas.
Por supuesto, aquéllos que han tenido una educación religiosa muy profunda tratan inconscientemente de acudir a ella para explicar lo inexplicable. El propio Albert Einstein en pleno siglo XX, trató de hacerlo para negarse a aceptar la teoría de la Mecánica Cuántica, que explica el mundo microscópico. “Dios no juega a los dados”, dijo refiriéndose al aspecto estadístico de esa teoría. A pesar de las afirmaciones del sabio, los físicos siguieron experimentando y comprobando que la Mecánica Cuántica, es vigente y es la base sobre la cual surgen conceptos filosóficos de la cosmogonía del Universo. Ojalá nunca más surjan ideas oscurantistas y todos acepten confrontar sus ideas de todo tipo con la experimentación que, en cierta forma, es la madre de la verdad.