La República, 13 de noviembre de 1990
Natalidad
¿Deben controlarse las poblaciones diezmadas?
En control de natalidad es un tema muy difícil. Las organizaciones a favor de la aplicación amplia del control, y que tienen mayor aceptación en la población, son las que defienden el derecho a informarse y a decidir. La Iglesia Católica, que se ratifica en su posición conservadora, llama –para oponerse- a una supuesta “verdad universal”, haciéndonos recordar tiempos en los que condenaba a hombres que buscaban otra verdad: caso Galileo. Pero veamos algunos puntos sueltos que deberían tomarse en cuenta en el debate.
Las poblaciones que más se controlan son las europeas. Sin embargo, sus gobiernos las incitan a tener más hijos. ¿Cómo? En Francia, aquellos que tienen tres hijo reciben incentivos económicos significativos y gozan de jubilación sólo con 15 años de servicio, cuando lo normal es la jubilación con 37 años de servicio o 60 años de edad. Es más, las madres solteras reciben un sueldo mínimo que les permite enfrentar dicha situación, en caso que no tengan trabajo. A estas observaciones hay que añadir el hecho que las poblaciones originarias de Europa, viviendo en otro continente, están entre las más numerosas a nivel mundial.
En tal sentido, América es el continente que ha recibido la mayor parte de los emigrantes europeos. Paralelamente, la población, nativa americana es aquella que ha sufrido el más grande genocidio, y hoy es menos numerosa que hace 5 siglos. Más aún, el exterminio de poblaciones nativas fue acompañado de un despojo de sus riquezas naturales, y la imposición de otros, entre los que se incluye una “verdad universal” diferente a las suyas. Así, nuestros pueblos han terminado en una extrema pobreza. En el Perú, por ejemplo, la gran mayoría de los descendientes nativos no tienen para alimentarse adecuadamente.
En ese panorama aparece la tesis según la cual hay que tener hijos que podemos mantener, defendida principalmente por instituciones de países de los cuales son originarias las poblaciones más numerosas del mundo. Paralelamente, vienen parejas del Norte que adoptan nuestros niños que no podemos mantener, pagando miles de dólares a cuanto traficante se organice en algo que parece como una lucrativa e inmoral forma de ganarse la vida.
Los valores de la Iglesia Católica, también traídos de Europa, convencen a pocos. Sin embargo, es necesario comprender que su posición al uso de métodos de control eficaces tienen su origen en el deseo de mantener numerosa la comunidad católica. La defensa de la natalidad responde, en realidad, al instinto de conservación de las comunidades organizadas. Para convencer mejor a las poblaciones, las religiones suelen dar a las medidas pronatalistas, un ropaje religioso y moral. Ropaje que es desechado cuando molesta. Recordemos que en el siglo pasado, cuando la población masculina paraguaya fue reducida a la cuarta parte, por una guerra organizada por Inglaterra y ejecutada por Brasil y Argentina, se autorizó la poligamia, como remedio de recuperación de población.
Puede concluirse que los que están por y aquellos que están en contra del control de la natalidad efectivo tienen parte de razón. Pero sería mucho mejor si también nos preocupáramos porque las poblaciones diezmadas y despojadas tengan participación en la explotación y beneficio de las riquezas que antes les pertenecía por completo. De lo contrario, sólo nos estaríamos limitando a ver un aspecto parcial de un problema multidimensional.