16 Mayo, 2004
Físico nuclear
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La República, 31 de enero de 1991

De las galaxias al desierto

Cuando en 1983 el presidente Norteamérica Ronald Reagan lanzó su famosa “iniciativa para la defensa estratégica”, más conocida como la “guerra de las galaxias”, se inició la transferencia de alta tecnología a la ya sofisticada tecnología de destrucción. Esta iniciativa estaba destinada a preparar la defensa del territorio norteamericano y de sus aliados ante un supuesto ataque de mísiles nucleares. Hoy, en la guerra del Golfo Pérsico, se ha desencadenado una guerra que hace recordar la casi olvidada guerra de las galaxia. La hipótesis que la iniciativa era de defensa fue falsa como lo demuestra el libro “The fallazy of Star wars” (octubre 1984), pero el desarrollo de nuevas tecnologías de guerra es real.

Rayos láser, infrarrojos, microelectrónica, supercomputadoras, satélites de toda laya, mísiles inteligentes, aviones “invisibles” y supersónicos, entre otras maravillas, están hoy al servicio de la destrucción.

Afortunadamente, la tensión entre las superpotencias ha disminuido. Pero los analistas han previsto -antes de la guerra del Golfo- que guerras de baja intensidad serán producidas en los años 90. Michael T. Klare, profesor de estudios de paz y seguridad mundial, predecía (The bulletin of atomic scientists, mayo de 1990) que las acciones U.S. en Panamá y Filipinas fueron modelos aparentes para el comportamiento militar de EE.UU. en la nueva década.

“Pero mientras guerras de baja intensidad podían predominar, hay un riesgo creciente de lo que puede ser llamado “conflicto de intensidad media”: guerra implicando las grandes y medianas potencias del Tercer Mundo”. Estos países –algunos llamados potencias emergentes- poseen la mayor parte de las armas modernas proporcionadas a países del Tercer Mundo en los últimos 20 años y se enorgullecen de un virtual monopolio del suministro al Tercer Mundo de armas nucleares y químicas, afirma Klare.

Pero los países ricos entregan armas peligrosas sólo para el Tercer Mundo, asegurándose de que sus territorios no corran riesgo alguno. Las armas de los aliados y de su enemigo común vienen del mismo bando, de los laboratorios y fábricas de los propios aliados. Así, si nos limitamos a la tecnología, no cabe duda que el ganador está del lado de donde salieron las armas que se usan en la guerra.

Estamos ante un hecho completamente similar a las guerras de los últimos tiempos, con la diferencia de la alta tecnología. La brecha tecnológica entre el mundo desarrollado y los países “en desarrollo” se hace patética en esta guerra. Mísiles que caen en ciudades y son civiles los que mueren. La desventaja tecnológica de Irak sólo le permite cubrirse de lluvia mortal de mísiles. Con su limitación tecnológica sólo bombardea países vecinos. ¿Qué hubiera pasado si Irak tenía mísiles intercontinentales cargados de ojivas nucleares? ¿Los aliados habrían respondido a la invasión de Kuwait de la misma forma si Irak hubiese contado con satélites para inteligencia electrónica?

En conclusión, la guerra del Golfo Pérsico sería la continuación de Panamá, Filipinas, etc. Y el paso a otras que nos irán destruyendo a los largo de la década del 90. Además, la guerra se hará con cada vez mayor componente científico-tecnológico, campo en que los países del Tercer Mundo están perdidos y los seguirán hasta que no decidan desarrollar la ciencia y la tecnología.