16 Mayo, 2004
Físico nuclear
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El comercio /Opinión/ 06 de febrero de 1997

La Ciencia sin fin

El 2000 es un número como cualquier otro.
Sin embargo, el año 2000 ha inspirado a muchos para lanzar predicciones de todo tipo, resaltando las que sugieren el fin de algo. Las más osadas han sido hasta ahora la del fin de la Historia y la del fin del mundo.

Aquellos relacionados a la ciencia no escapan de la tentación de predecir algo espectacular. John Horgan, periodista científico de la muy seria revista Scientific American, ha publicado un libro provocador con el título “El fin de la ciencia”.

La tesis de fin de la ciencia no por inverosímil deja de ser peligrosa. En primer lugar nos hace recordar tiempos pasados en los que los grupos anticientíficos prohibían investigar, porque según éstos todo el conocimiento ya estaba en la Biblia y la verdad debía buscarse leyéndola. Aquellos que pretendían desconocerla corrían el riesgo de graves condenas.

En la actualidad, la tesis del fin de la ciencia induciría a pensar que de nada servirán los esfuerzos por hacer avanzar el conocimiento. Cabe recordar que muchas veces ha resurgido la hipótesis del término de la ciencia.

En época de los griegos se pensó que todo estaba compuesto de aire, agua, tierra y fuego. Luego se logró identificar los elementos químicos pensándose que eran los componentes últimos de la materia. Cuando todo parecía coherente se descubrieron los electrones, protones y neutrones, con los que se suponía se explicaba todo lo que sucede en la naturaleza. Hoy se sabe que en realidad hay quarks y leptones como partículas elementales y se sospecha que los quarks están compuestos de algo más. El fin de la ciencia, en esta dirección, significaría que allí queda todo, con los quarks. Vano sería buscar más, con excepción de la partícula de Higgs, predicha por la llamada Teoría Standard.

El libro de Horgan se basa en una serie de entrevistas de renombrados científicos y filósofos, a quienes los ha provocado con preguntas sutilmente dirigidas hacía el título.

Antes las dificultades de los físicos norteamericanos que se vieron sin presupuesto para construir el acelerador superconductor supercolisionador (SSC)– el que habría servido para seguir buscando partículas más pequeñas que los quarks- se concluye que la ciencia se ha convertido en demasiado cara y por tanto no se puede seguir gastando para seguir haciéndola.

En realidad, la ciencia es hoy una actividad basada en la colaboración. Lejos están los tiempos de investigadores solitarios que investigaban en los garajes. Después de la ciencia realizada por “solitarios”, vinieron los equipos de investigación institucionales, seguidos por los equipos de ciudades y de países. El proyecto SCC –cuyo costo evaluado era de 8 mil millones de dólares- fue cancelado por el Gobierno de EE.UU. para preferir invertir en el proyecto internacional equivalente llamado Gran Colisionador de Hadrones (LHC), el que será construido en Suiza. Vemos pues que en la dirección de las partículas elementales la ciencia no termina sino que cambia de naturaleza en su ejecución. Para poner un ejemplo más cercano: no porque en el Perú no se interviene en ciencia, la ciencia ha terminado.

Los menos pesimistas señalan que si bien la ciencia sigue avanzando, sus resultados son pocos significativos para el desarrollo de la humanidad, más propiamente para la calidad de vida.

Como sabemos, los descubrimientos científicos que parecieron irrelevantes en momentos de su descubrimiento, luego permitieron grandes saltos tecnológicos. Allí está la radiactividad, la fisión nuclear, las ondas electromagnéticas, los semiconductores, entre otros.

Por qué razón los descubrimientos que vendrían en el futuro tendrían que ser irrelevantes. En todo caso, el solo hecho de que la ciencia estimula y satisface la curiosidad, característica fundamental del ser humano, estaría elevando significativamente la calidad de vida. Todo lo contrario sucedería con el aburrimiento que produciría la sensación de saberlo todo. El placer no sólo está en encontrar cosas sino en el proceso de buscarlas.

Finalmente, el propio generador de la ciencia, el cerebro, es una caja de secretos de los que se sospecha son innumerables. Los esfuerzos que se hacen para estudiarlo constituyen la respuesta al mayor desafío al cerebro: comprenderse a sí mismo. EL día que se comience a descubrir esos secretos tal vez veremos mejor que la ciencia recién comienza y el Universo por estudiar parecerá realmente infinito.