16 Mayo, 2004
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El Comercio /Opinión/ 27 de julio de 1998

Alarma en ciencia y tecnología

A fines del siglo XX, los países están elaborando sus balances en todos los campos de la actividad humana, siendo el de la ciencia y tecnología el que mayor preocupación ha generado. No es para menos; en ese campo se competirá por los mercados globalizados de productos y servicios, los que tendrán un alto componente de conocimientos científicos y tecnológicos. La preocupación ha llegado al Congreso, el que a través de la Comisión de Ciencia y Tecnología ha organizado una serie de debates sobre el tema. Como producto de uno de ellos se ha publicado el libro “Ciencia, tecnología y desarrollo”, editado por el doctor Rafael Urrelo, presidente de esa comisión. El libro presenta una serie de indicadores alarmantes y varias propuestas para mejorar la situación.

Lo primero que llama la atención es que durante los 40 últimos años, el Perú no ha variado mucho su estructura exportadora, fundamentalmente compuesta de materias primas. El 50% de las exportaciones peruanas, corresponden a productos mineros, destacando el cobre, zinc, oro y plomo. Como punto de comparación se toma Corea, país que en los años 60 tenía un 58% de sus exportaciones correspondientes a productos mineros y que ese porcentaje actualmente ha sido reducido al 10%. El panorama exportador de Corea hoy es dominado por la industria electrónica, automotriz, y maquinaria pesada.

Los datos que presenta el libro nos sugieren que una de las razones del bajo componente tecnológico de nuestros productos es la poca inversión en ciencia y tecnología. Los 293 millones de soles que el Perú invirtió en 1996 en el financiamiento de los institutos de investigación representan el 0,22 % del PBI, muy por debajo de Chile, Colombia, Brasil, Venezuela y México. En Corea el porcentaje del PBI dedicado a la ciencia y tecnología pasó de 0,25 % en 1963 a 2,61 % en 1994.

La inversión en ciencia y tecnología no proviene solamente del Estado. En Corea, en 1963, el porcentaje de la inversión de la empresa privada en ciencia y tecnología era de 3 % y en 1994 este porcentaje subió a 84 %. En Perú se estima que la empresa privada participa con el 20 % de la inversión en ciencia y tecnología.

Ante esa realidad de cifras en el Perú, no es sorprendente la emigración de talentos. Entre 1985 y 1993 40.000 técnicos y profesionales dejaron el país para prestar servicios calificados en el extranjero.

Para agravar las cosas, los jóvenes universitarios peruanos prefieren carreras relacionadas con las humanidades y ciencias sociales. Entre 1981 y 1989 se otorgaron 14.546 bachilleratos, de los cuales el 60,5 % optaron por las ciencias exactas y naturales y 18,8 % por las ingenierías. Estas cifras contrastan con lo que ocurre en los países industrializados. En EE.UU. durante el año 1996 se otorgaron 23.000 grados académicos en ciencias e ingenierías y solamente 5.800 en el área de ciencias sociales.

Por otro lado, el Perú se presenta como uno de los países con menor producción científica. En 1980 el Perú publicó 369 artículos mientras que Chile alcanzó 6.147. El doctor Rafael Urrelo hace notar que el número de publicaciones por millón de habitantes ha crecido en América Latina. Por ejemplo, entre 1980 y 1990 pasó de 5,3 a 38,3 y Argentina pasó de 46,5 a 60,4. En ese mismo periodo, el Perú pasó de 4,3 a 6,6 publicaciones por millón de habitantes.

Un indicador de la transformación del conocimiento científico a tecnología e innovación es el número de patentes por PBI. En el Perú este índice pasó de 0,2 en 1993 a 0,3 en 1997, mientras que en EE.UU. es 200 y en Europa 181.

A pesar de los relativo que puedan ser las cifras mencionadas, es claro que la grave situación de la ciencia y la tecnología en el Perú nos debe obligar a tomar decisiones drásticas en este tema, crucial para el desarrollo de cualquier país. También es claro que las decisiones de hoy tendrán efectos en el mediano plazo. Sin embargo, mientras más se tarde en tomarlas, menos probabilidades se tendrá de lograr el resultado esperado: condiciones de vida digna para nuestros hijos, más precisamente para los que viven en el país. En ese sentido, es lamentable que el Congreso no haya concretado los proyectos de ley pendientes.