3 Noviembre, 2005
Físico nuclear
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Diario El Comercio, 13 de febrero del 2003

La ciencia y la guerra

PLa más terrible aplicación tecnológica para fines de destrucción masiva utilizada en una guerra ha sido la bomba atómica. Aunque también fueron usadas en el pasado, las armas biológicas y las armas químicas surgen hoy como temas de actualidad, debido a las tensiones en Iraq.

En la última década, los vertiginosos avances de la ciencia y la tecnología ofrecen enormes potencialidades para mejorar el nivel de bienestar de los seres humanos. Paradójicamente, esos mismos avances también pueden servir para provocar, con igual eficacia, daños en diversos grados, incluyendo la desaparición de pueblos y, eventualmente, de todo signo de vida sobre la Tierra.

Así como se ha elaborado sustancias para el diagnóstico y la terapia, en los avanzados laboratorios militares han surgido sofisticadas armas químicas con efectos nefastos para los seres vivos. Algunas son especializadas en el sistema central. Hay, por supuesto, diversos grados de letalidad, dependiendo de qué órganos son atacados por las sustancias químicas; sin embargo, todas tienen como objetivo incapacitar a los soldados o crear el terror en las poblaciones.

La eficacia de las armas químicas es tal que cantidades ínfimas son suficientes para provocar una letal reacción en cadena en el organismo. Hay, incluso, vectores en forma de polvos finos que penetran las vestimentas de protección para luego iniciar su acción destructora.

Las armas biológicas están formadas por microorganismos que dañan las células de las víctimas. Las armas biológicas convencionales, como las armas químicas, atacan a una población entera, sin distinción de las personas. Sin embargo, con la biotecnología molecular se sabe cómo elaborar armas biológicas selectivas. Esto se debe a que las diferencias genéticas dan lugar a reacciones diferentes ante las mismas sustancias biológicas. En la naturaleza sucede algo similar: las enfermedades no tienen los mismos efectos sobre todas las etnias: algunas tienen integradas a su organismo los genes que las protegen. En los laboratorios se puede elaborar sustancias que ataquen solo a las personas que tengan las características genéticas especificadas.

Las armas biológicas no selectivas sirven para atacar batallones o poblaciones geográficamente bien localizadas. Las armas biológicas selectivas pueden ingresar a una gran ciudad y atacar solo a etnias previamente seleccionadas.

En el mundo hay innumerables científicos que tiene el conocimiento sobre todo tipo de armas. Algunos de ellos pueden estar tentados por las propuestas de gobierno con vocación guerrera. Hay informaciones de que después de la desintegración de la Unión Soviética, algunos científicos faltos de pago salían con sus kilos de uranio para venderlos al mejor postor. Seguramente, por sus conocimientos, también fueron convocados por algunos gobiernos ansiosos de incrementar sus arsenales.

Podemos decir, entonces, que el conocimiento científico y tecnológico está allí. Los países interesados en el bien o en el mal solo necesitan contratar los especialistas e invertir en laboratorios. Siendo así, lo único que puede disminuir los riesgos de una guerra nuclear, química o biológica es el respeto irrestricto de los tratados internacionales que incluyen la búsqueda y destrucción de laboratorios sospechosos de desviar el conocimiento hacia fines bélicos.