Flujo de conocimiento

Modesto Montoya (*)

Revista del Club Empresarial
julio-agosto 2009

Modesto Montoya


En el Perú, cada vez que se trata de establecer una relación Academia-Empresa, en torno a un proyecto científico y tecnológico, salta la frase empresarial “flujo de caja, ¿cuánto y en qué tiempo va a ganar o ahorrar la empresa con el proyecto?”.
En una reunión con empresarios, uno de ellos explicó el problema encontrado en un proceso de producción de su planta. Cuando los investigadores le preguntaron cuánto estaba dispuesto a invertir en un proyecto de investigación sobre el tema, se echó para atrás, sin dar respuesta.
En innumerables oportunidades me he encontrado con empresarios que quieren participar en proyectos de investigación siempre y cuando no tengan que invertir nada.
Por su parte, los investigadores buscan proyectos que cuenten con los recursos necesarios. Entran al Internet y encuentran… en el extranjero. Por ejemplo, se ofrece financiamiento para llevar a cabo proyectos de investigación y desarrollo en Irlanda, presentados desde cualquier parte del mundo. El investigador es recibido en Irlanda como un nacional y empieza a trabajar en su proyecto elaborado a miles de kilómetros de distancia.
Los jóvenes egresados, con buena formación, de las universidades peruanas se integran a equipos de investigación de los países desarrollados, o países emergentes, para realizar estudios desde la maestría, para lo cual reciben una decorosa remuneración.
Un joven de 19 años de edad, ex alumno del Centro de Preparación para la Ciencia y Tecnología (Ceprecyt), acaba de recibir una propuesta de un contrato de diez años con el Estado francés, seis de los cuales servirán para hacer su doctorado en matemática informática, y los cuatro restantes para trabajar en un centro francés de investigación.
Miles de egresados de carreras científicas o investigadores confirmados se ven forzados de emigrar porque en el Perú no existe razonamiento diferente al siguiente: cuánto habrá de retorno “ahorita” por lo poco que se invierta en una investigación.
Las grandes empresas exitosas del mundo y los países que lideran el mercado tecnológico tuvieron otra interrogante: ¿qué conocimiento se va a ganar con el proyecto? Y eso tiene que ver con los cerebros bien entrenados. Se les presenta el estado del arte en ciencia y tecnología y los jóvenes investigadores añadirán conocimiento, el que servirá para que la empresa o el país que los llevó sostengan su propio desarrollo.
Es sabido que Asia valora muy bien el conocimiento científico tecnológico. En Corea, 70% de egresados de las universidades son científicos o ingenieros. En Perú, ese porcentaje corresponde a literatos, abogados, economistas, entre otros profesionales de las humanidades.
Se dice que en la segunda guerra mundial, los kamikazes eran escogidos entre los jóvenes, exceptuando aquellos que estudiaban ciencias o ingeniería. Los líderes japoneses sabían que los exceptuados iban a convertir a su país en una potencia económica.
En el Perú, a los jóvenes científicos e ingenieros se les expulsa con leyes de Presupuesto que prohíben su nombramiento en los institutos del Estado. En la evaluación de profesores universitarios, más cuenta las horas dictadas, las actividades político administrativas y las de proyección social, que las publicaciones en revistas científicas indexadas o las patentes.
Pero aún, en las universidades se aprecia la investigación al nivel de que no es necesario hacer tesis para graduarse. Basta con pagar algunos miles de soles, llevar tres meses de cursos adicionales, y uno se convierte en “profesional”.
En otras palabras, más interesa el flujo de caja que el flujo de conocimiento. Las consecuencias de esa cultura las sufrimos todos.
(*) Coordinador de la Red Internacional de Ciencia y Tecnología