Teóricamente, si se supiera leer las secuencias del ADN, podríamos saber los efectos del consumo de un producto determinado sobre la salud. Estamos lejos de ello. En la realidad, cada persona, después de haber pasado gran parte de su vida, descubre empíricamente los efectos del consumo de tal o cual producto vegetal o animal.
Una mutación en una semilla se expresa como una nueva característica de la planta a la que da lugar. Puede ser, por ejemplo, un color diferente en la cáscara de una fruta. En este caso se trataría de una mutación en el gen que da el color a la cáscara. Sin embargo, hay efectos multigénicos. Por interacción de este gen con otros es posible que aparezca una propiedad diferente al color de la cáscara, la que eventualmente afecte la salud de algún consumidor. También cabe esperar que la fruta mutante sea más nutritiva que la original. No se puede descartar incluso que, para algunos, tenga propiedades curativas. Hoy está claro que los efectos del consumo de productos vegetales o animales dependen también de las características genéticas del consumidor. Lo mismo ocurre con los medicamentos: ahí está la medicina genética.
En ese marco, es fácil comprender que, cuando se coloca un gen de una especie en el ADN de otra, buscando introducir una propiedad favorable, hay posibilidad de otorgarle una característica no esperada, la que puede ser negativa o positiva para el ser humano.
En otras palabras, los productos transgénicos, como cualquier producto nuevo, natural o artificial, conlleva potencialmente inesperados riesgos o eventuales beneficios para el consumidor. El problema es que, por ahora, para saberlo es necesario costosos estudios epidemiológicos.
En realidad, si queremos mejorar la vida de todos, sería necesario hacer estudios sobre los efectos de todo lo que consumimos. Hay muchos productos de consumo humano que enferman o acortan la vida del consumidor. Sin mencionar un producto en particular, recordemos que, periódicamente, se hace anuncios del descubrimiento de que en alguna región se tiene tasas menores de cáncer que el promedio mundial, y que en esa región los adultos no consumen leche. Ello induce a pensar que la leche es cancerígena para los adultos. Pero la leche también tiene calcio necesario para combatir la osteoporosis. En fin, podemos mencionar muchos ejemplos de la manera cómo se descubre los efectos nocivos o beneficiosos de varios productos como el vino, el café, el azúcar, entre tantos otros.
Lo que no debemos olvidar es que hay probabilidades de cambios y efectos cuánticos que se producen a nivel molecular, nivel en el que se define las formas esenciales de la vida. Esas probabilidades son pequeñísimas y no pueden ser tomadas en cuenta para llegar a conclusiones radicales en uno u otro sentido. Debemos ser cautelosos, no fundamentalistas. La ciencia se basa en la duda y la experimentación, dando lugar a teorías como la física cuántica, donde reina el principio de la incertidumbre.
(*) Miembro de la Academia de Ciencias, profesor en la maestría en física médica de la UNI. |