(Carta del lector el 23 de junio del 2012 en edición impresa del diario "El Comercio")
El libro Políticas de Innovación (publicado en inglés por el Banco Mundial en el 2010 y traducido al español por laUniversidadRicardo Palma en el 2012) ha revivido lapolémica surgida, en el mundo académico, sobre el significado del término innovación. Según el diccionariode laReal Academia Española, innovación es creación o modificación de un producto, y su introducción en un mercado; e innovar es mudar o alterar algo, introduciendo novedades. Es decir que innovación no es acción y efectode innovar, como sucede con otros verbos. En innovación se incluye el mercado pero, además, un mercado en particular, y no el mercado, en general. Ahí está la ambigüedad que origina confusión, la que tiene consecuencias en el diseño de políticas públicas de ciencia, tecnología e innovación.
En el mencionado libro se entiende por innovación las tecnologías o prácticas que son nuevas para una sociedad, no necesariamente por otra: “lo que importa es la difusión de esa novedad relativa como fuente de riqueza, empleos ybienestar, un factor especialmente relevante para el mundo en vías de desarrolloâ€. Con esa óptica, las políticas de innovación tendrían como objetivo “capturar el conocimiento y las tecnologías globales, adaptarlos y difundirlos en contextos localesâ€. Para ello no es necesaria la ciencia, la que apunta a generar nuevos conocimientos.
En el documento se reconoce que “los cambios fundamentales en las sociedades y economías han sido y siguen siendo producidos por los avances tecnológicos derivados de la ciencia y la investigaciónâ€. Sin embargo, enfatiza la tesis según la cual “fuentes distintas de la investigación y el desarrollo (I+D) pero tienen un impacto considerable en el origen de nuevas industrias, empleos e ingresosâ€. El mensaje es claro. No es necesaria una política de ciencia y tecnología; bastaría con una política de captura de conocimiento y tecnologías globales, de adaptación y venta en el mercado local. En lo que respecta a las tecnologías de la información y la comunicación, desdeña la investigación que dio lugar al producto y valora mejor la novedad los nuevos servicios a los que da lugar.
Este modelo permitió crecer por un tiempo a los países avanzados. Se abandonó los laboratorios y proliferaron los servicios. Los cerebros celebrados eran los de los nuevos millonarios que los ofrecían esos servicios al mundo. Sin embargo, se fue incubando el declive tecnológico industrial de aquellos que pusieron todas sus esperanzasen ese modelo sin priorización de laboratorios. Hoy, los países que continuaron sin tregua la investigación científica y tecnológica son los que crecen; mientras que los otros conocen problemas de empleo y recesión. China se ha convertido en el mayor exportador de tecnologías avanzadas.
En el 2003, España invertía en I+D un equivalente al 0,97% del PIB, la mitad de la media de la Unión Europea. Arriba estaban Alemania (2,52%), Suecia (3,8%) y Finlandia(3,7%). Los analistas del informativo madri+d, predecían entonces que la inversión en I+D+i marcará la pauta en el futuro inmediato, afectando a la competitividad de los productos, en una economía globalizada como la actual. Esos porcentajes se han mantenido esencialmente el mismo por décadas. Hoy Alemania es el motor de Europa, la que busca cómo jalar a España, enfrascada en una crisis anunciada. Los dirigentes reconocen europeos que se equivocaron en priorizar el sector servicios. Duro será retomar el anterior ritmo de la investigación científica y tecnológica.
(*) Presidente de la Academia Nuclear del Perú
Lo que deberíamos aprender de Corea del Sur
Por ModestoMontoya (*)
* Presidente de la Academia Nuclear del Perú
En estos tiempos Corea del Sur se ha convertido en un ejemplo de país emergente. Delegaciones de países en desarrollo lo visitan para observar su desarrollo y tratar de comprender la política pública que lo llevó a su situación de liderazgo tecnológico entre esos países. Sin embargo, poco se ha analizada la evolución de su polìtica en relación con la ciencia, la tecnología y la innovación.
El libro “La Economía Coreana: seis décadas de Crecimiento y Desarrollo” (editado por SaKong y Yougsun Koh) empieza señalando que el ingreso per cápita pasó de 1 342 dólares en el año 1960 a 19 227 en el 2008. En el mismo periodo, las esperanza de vida subió de 52,4 a 79,6 años; y la mortalidad infantil bajó de 70 muertes a 3,4 muertes por 1 000 nacimientos.
Este salto cuántico de Corea del Sur se debe a la estabilidad macroeconómica y a una alta inversión en capital humano. Conducidos por el Gobierno, a principios de los años 60 se incentivó la minería y la manufactura. En el año 1964, se decidió modernizar la industria y mejorar su competitividad, expandiendo actividades clave (cemento, fertilizante, maquinaria industrial, refinerías de petróleo, entre otros). Entre 1967 y 1971 se puso énfasis en la industria pesada y química, respectivamente. Se dio normas para incentivar la producción de maquinaria industrial, la modernización de la industria textil, la industria electrónica, la industria petroquímica, la industria de metales no ferrosos. En los años 70 se aceleró el proceso.
En este tiempo, el Gobierno proporcionó créditos a largo plazo e incentivos fiscales a las industrias seleccionadas; y estableciendo o expandiendo escuelas vocacionales y centros de entrenamiento de técnicos especializados. En 1967, el Gobierno creó el Ministerio de Ciencia y Tecnología, el que fundó instituciones de investigación para llevar a cabo investigación y desarrollo. Durante los años 70, ese ministerio jugó un rol de liderazgo en investigación y desarrollo, creando muchas instituciones de investigación cuya misión fue importar tecnologías avanzadas, modificarlas para adaptarlas las necesidades locales, y diseminar los resultados.
Uno de los indicadores de desarrollo en investigación y desarrollo es el pago por licencias y regalías. En 1980, el egreso por ese concepto era el 0,2% del PBI, mientras que el ingreso era casi nulo. En el 2008, por licencias y regalías, Corea del Sur paga el 0,8% del PBI; pero ahora recibe el 0,4% del PBI por esos conceptos.
En los años 90, Corea del Sur empezó a impulsar las industrias basadas en su propia tecnología, más que las adoptadas del extranjero. Apoyó a los innumerables centros de investigación creados por impulso del Ministerio de Ciencia y Tecnología. En los años 80, las empresas privadas empezaron a impulsar proyectos de investigación y desarrollo con apoyo del Estado; y a crear sus propios centros de investigación, en particular en industrias de semiconductores y telecomunicaciones.
Desde los años 90 se brinda apoyo masivo a la investigación básica en las universidades, poniendo especial atención a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Los nuevos rumbos tomados por la ciencia y la tecnología coreanas tocan las ciencias de los materiales y la bio-industria.
Hasta el año 1982, el Estado lideró el gasto en investigación y desarrollo; luego, al comprender su importancia, el sector privado incrementó su participación, a tal punto que el año 2008 invertía entre el 70 y 80% del total. En total Corea del Sur invierte el 3,4 % de PBI en investigación y desarrollo. En 1990 había unas 1 000 instituciones privadas de investigación y desarrollo; en el año 2000 se tenía 7 000. Como indicador de explosión de creatividad, hoy el número de solicitudes de patentes de empresas coreanos crece exponencialmente.
Los coreanos ahora están empeñados en impulsar la economía del conocimiento, a tal punto que han creado un ministerio con ese nombre. Innumerables empresarios y polìticos han visitado Corea del Sur. Sería oportuno aplicar algo de su experiencia en el Perú
Una versión menos extensa del siguente artículo ha sido publicada en el
diario
El Comercio el 12 de abril del 2012
Un ministerio para viabilizar las políticas en ciencia y tecnología
Por Modesto Montoya (*)
Innumerables informes concluyen que el llamado Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología Tecnológica (SINACYT) es conjunto desarticulado de organismos yuniversidades, sin liderazgo, burocratizado y prácticamente sin investigadores. Ensuma: un sistema caótico, dispendioso e ineficiente. La Ministra de Educación, Patricia Salas, en su presentación -ante la Comisión de Ciencia, Innovación y Tecnología del Congreso de la República- del informe de la Comisión Consultiva que formó para estudiar el problema, coincidió en esta apreciación general.
Debemos señalar que hay pocas instituciones que conforman la excepción. Veamos los cuellos de botella del SINACYT. Cada institución, independientemente, tiene su propio reglamento de evaluación de investigadores que, paradójicamente, desincentiva la investigación e incentiva la burocratización. Peor aún, cada año, por no haber ley de carrera del investigador, la Ley del Presupuesto prohíbe incorporar investigadores capaces o incentivar con ascensos a los que producen más en los organismos de investigación. Como resultado de ello, los investigadores peruanos se van del país y quedan solo 1090, mientras que Colombia tiene 11000, Chile cuenta con 17000 y Brasil ha logrado atraer a 135000.
Los recursos económicos están dispersos y con burocracia múltiple. Existen dos fondos que hacen lo mismo: el FINCyT y el FONDECYT. Además se tiene el canon minero con más de mil millones de soles destinados a la investigación en las universidades, pero bloqueados por las normas que impiden incorporar investigadores capaces de usarlos.
Todas las propuestas sobre qué hacer para impulsar la ciencia, la tecnología y la innovación son parecidas y se repiten en los “hay que”. El “quién que” se puede deducir de lo que reconoce la ministra Patricia Salas: el SINACYT es débil, disperso, desarticulado e inviable; las instituciones no tienen mandatos y funciones claras; no hay mecanismos de coordinación vertical y horizontal; hay una deficiente estructura de gobernanza.
La ministra mostró una arquitectura institucional de CTI actual completamente intrincada y confusa. Ante ello, como primera opción de organización para lograr el despegue la ciencia, la tecnología y la innovación, la comisión consultiva del Gobierno propone la creación delMinisterio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MCTI). Según Benjamín Marticorena, miembro de esa comisión, se presentan opciones distintas, pero se recomienda, como la mejor de ellas, la creación de un Ministerio de CTI. Para Marticorena, “el trabajo a realizar es de tal magnitud, compromiso y complejidad que ninguna institucionalidad de menor jerarquía que la de un Ministerio puede realizar la tarea de sacar al Perú del fondo de la estadística mundial en producción de conocimientos y llevarlo a una posición decorosa que garantice su seguridad y desarrollo social, económico y cultural”.
Es claro que, para desenmarañar y ordenar el SINACYT, considerando la estructura y dinámica del funcionamiento del Estado peruano, aparece como necesaria la creación de un ministerio de CTI. Un ministerio tiene los poderes necesarios para establecer políticas y conseguir los recursos para ponerlas en práctica. Entre estos poderes podemos mencionar los siguientes: tiene voz y voto en el Consejo de Ministros, en seno del cual se decide políticas y presupuestos para ejecutarlos; tiene capacidad de convocatoria ante los agentes activos del sector estatal, sector empresarial y sociedad civil, con los que pueden definir políticas consensuadas; tiene iniciativa de gasto como para proponer, al Congreso de la República, normas que conlleven inversiones en el sector.
Finalmente, contrario a lo que creen algunos, un ministerio de CTI adecuadamente diseñado disminuirá la burocracia y optimizará el funcionamiento del SINACYT para impulsar la creatividad y la inventiva en el Perú. (*) Presidente de la Academia Nuclear del Perú
Con mis nietos, Melody y Antony.
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